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Unidos bajo un mismo Dios


LA FUENTE DE TODO
William H. Hill

Puede que este concepto suene muy radical, pero… usted y Dios son uno. No es que estén sólo relacionados o conectados, sino que son uno. ¿Que cómo lo sé? Porque Dios es infinito. Esto quiere decir que todo lo que ha creado es parte de Él, estrechamente unido a la única causa divina, el Creador celestial. No puede ser separado de Él ni siquiera por un instante.

Mary Baker Eddy lo explica de esta manera: “El Principio y su idea es uno…”1 Esa idea, esa creación, nos incluye a cada uno de nosotros, a cada uno de los hijos de Dios. Ella escribe: “Tal como una gota de agua es una con el mar, un rayo de luz uno con el sol, así Dios y el hombre, Padre e hijo, son uno en el ser”.2

Quizás este concepto de unidad se ilustre mejor por medio de la idea de reflexión, en la cual el sujeto está en total unidad con lo que lo refleja. Me gusta pensar no sólo en la imagen del reflejo en el espejo, sino también en el significado de reflexión en lo que se refiere al acto de pensar, o reflexionar acerca de algo. En otras palabras, si somos el reflejo de Dios, la Mente divina, somos, por ende, lo que la Mente está pensando.

Entonces es obvio pensar que somos tan importantes para Dios como Él es para nosotros. Él nos necesita; Dios no podría actuar sin que nosotros llenemos el lugar individual y único que tiene para cada uno de Sus hijos. Después de todo, uno no puede ser padre sin tener un hijo, un maestro sin tener un estudiante, o un pescador sin tener pescado. Dios no podría ser la Mente infinita sin tener una creación infinita que exprese a esa Mente. Y esa creación somos nosotros.

Puesto que Dios es Uno, y nosotros somos uno con Él, eso significa que nosotros también debemos de ser uno los unos con los otros. Entonces ¿qué es lo que quisiera dividirnos? ¿Qué poder podría interponerse entre las expresiones individuales del bien infinito, o Dios?

He aquí lo que Mary Baker Eddy pensaba sobre el tema. (En esta instancia en particular, ella estaba hablando de los estudiantes de la Christian Science, pero, por supuesto, lo que dice se aplica a toda la humanidad.) Escribe: “Los frutos naturales de la curación por la Mente en la Christian Science son la armonía, el amor fraternal, el crecimiento y la actividad espirituales”. Y luego dice: “El propósito malicioso del poder mental pervertido, o magnetismo animal, es paralizar el bien y dar actividad al mal. Origina facciones y engendra envidia y odio…”3

En otras palabras, es esta falsa creencia de magnetismo animal, del supuesto poder y realidad del mal, lo que quisiera engendra conflictos, y tratar de dividir lo que, en realidad, no se puede dividir. Nuestra labor como sanadores es no sólo reconocer que la armonía, el amor fraternal y el crecimiento espiritual son naturales, sino también defendernos contra el magnetismo animal, y reconocer, en cada situación donde parezca haber conflictos, que el bien no se puede paralizar, que el mal no puede estar operando. Puesto que hay una Mente divina del todo buena que crea y gobierna toda la creación, simplemente no puede haber conflicto alguno.

En esencia, el conflicto es una creencia en que los opuestos son necesarios. En que como el bien es una realidad, también tiene que existir el mal; como el Espíritu existe, tiene que haber su opuesto, la materia. Como hay salud, tiene que haber enfermedad.

No obstante, un Dios infinito no da lugar a opuestos, ni a posibilidad alguna de que haya nada desemejante a Él Mismo. Jesús comprendió esto mejor que nadie, y esta comprensión constituyó la base de su ministerio sanador. Ciencia y Salud dice: “Jesús veía en la Ciencia al hombre perfecto, que aparecía a él donde el hombre mortal y pecador aparece a los mortales. En ese hombre perfecto el Salvador veía la semejanza misma de Dios, y esa manera correcta de ver al hombre sanaba a los enfermos”.4

Qué base más firme para orar por cualquier situación discordante. Allí donde pensamos que estamos discutiendo con alguien que es desagradable, desinformado y totalmente equivocado, podemos orar para ver al hombre perfecto, el hombre que siempre es uno con Dios. Allí mismo donde la ira y la incomprensión parecen estar presentes, podemos ver toda la creación espiritual de Dios unida en perfecta armonía.

Éste fue el enfoque que adopté hace muchos años, en mi trabajo como practicista de la Christian Science, cuando me llamó un mediador profesional para pedirme que orara. Él había estado tratando de actuar de mediador entre los obreros y la gerencia de una gran industria, pero las relaciones eran muy tensas, y parecía que el paro era inevitable. El hombre había perdido toda esperanza.

Comenzamos orando por la animosidad que había entre ambas partes, reconociendo que allí mismo donde parecía haber ira, obstinación y hostilidad, en realidad sólo había paz, flexibilidad y amor. Tratamos el hecho de que la ira es parte de la creencia, o la mentira, de que hay opuestos, la creencia de que en lugar de armonía podía haber falta de armonía; de que en lugar de una genuina disposición de escuchar, podía haber voluntad propia, y una visión muy limitada. Oramos para reconocer que Dios nunca podría haber creado a nadie capaz de comportarse así. Esto era simplemente el magnetismo animal tratando de imponer su historia, tratando de convencernos de que el mal tiene el poder de dividir.

No pasó mucho tiempo para que las dos partes comenzaran a colaborar entre sí y, finalmente, llegaran a un acuerdo satisfactorio. Incluso, después de las negociaciones, todos terminaron siendo amigos. Fue maravilloso.

Para mí, esto simplemente demuestra que lo más importante cuando se ora por cualquier clase de controversia, sea en materia de negocios, familia o iglesia, es reconocer los hechos espirituales de la situación. La Sra. Eddy dice que a fin de sanar “debemos aferrarnos firmemente a Dios y Su idea”.5 De modo que cuando hay un conflicto, tenemos que aferrarnos firmemente a Dios y Su idea de unidad, que nos dice que estamos indisolublemente unidos a Dios, y, por lo tanto, conectados los unos con los otros, mantenidos en unidad, donde no existen los opuestos, ni elementos beligerantes. Comprender que todos tenemos una fuente común, y que de ninguna manera podemos tener otra, elimina el antagonismo que quisiera dividirnos.

“Un Dios infinito, el bien”, escribió la Sra. Eddy, “unifica a los hombres y a las naciones”.6 Nosotros no tenemos que crear esa unidad. Esa unidad ya existe. Nuestra tarea es reconocerla.

1 Ciencia y Salud, pág. 465. 2 ibíd., pág. 361. 3 The First Church of Christ, Scientist, and Miscellany, pág. 213. 4 Ciencia y Salud, pág. 213. 4 ibíd., pág. 476–477. 5 ibíd., pág. 495. 6 ibíd., pág. 340.

UN REINO EN PAZ
Bea Roegge

El profeta Isaías hizo una declaración sorprendente cuando dijo: “Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará”.1

Esta visión de las criaturas de Dios viviendo unidas y en paz, nunca deja de inspirarme. Me parece interesante que la profecía de Isaías no funde esta gloriosa mezcla de animales en una sola especie. Cada una de ellas sigue siendo diferente e individual, llevando a cabo su propia función en la infinitud de la creación de Dios. No obstante, esas variadas funciones se combinan en un todo armonioso, sin violencia, competencia ni asperezas.

Por supuesto que la unidad no implica uniformidad. Es una unicidad espiritual expresada en una diversidad valiosa y práctica. Como señaló Mary Baker Eddy: “Dios tiene incontables ideas, y todas ellas tienen un mismo Principio y un solo progenitor… Ni la misma eternidad puede revelar la plenitud de Dios, puesto que no existe límite para la infinitud o para sus reflejos”.2

Sin embargo, esta miríada de reflejos de lo Divino no puede sino estar unificada, porque todos provienen de la misma fuente. El hecho espiritual de que hay un solo Dios y una sola creación es la base que fundamenta y sostiene cada faceta del universo infinitamente diverso de Dios. “Todo lo que Dios imparte se mueve de acuerdo con Él, reflejando bondad y poder”.3

Entonces, ¿cómo puede ser que estas variadas expresiones de Dios se muevan de acuerdo con Él y las unas con las otras, en especial cuando, con tanta frecuencia, tenemos gustos, valores y aspiraciones tan incompatibles? Percibí la respuesta a esta pregunta hace muchos años, cuando mi familia se mudó a un nuevo vecindario.

En aquel entonces, nuestros hijos todavía no eran adolescentes, y los nuevos vecinos eran una pareja mayor. Mi familia había pasado gran parte de esos años en el campo, y tenía muy poca experiencia en vivir con vecinos cercanos. Muy pronto, éstos nos pidieron que controláramos a los niños para que no hicieran ruido, y tratamos de hacerlo. Yo no sentí ningún resentimiento por esto. La verdad es que agradecí la oportunidad de hacer prácticas las instrucciones de Jesús de amar a nuestro prójimo. Sin embargo, a pesar de nuestros mejores esfuerzos, las quejas continuaron.

Un día, después de otra de esas llamadas, le dije a nuestra vecina que de ninguna manera eran nuestras intenciones causar molestias en el vecindario y terminé prometiéndole que ni bien enviara a mi hijo al campamento de verano, comenzaría a buscar otro lugar donde vivir.

A la mañana siguiente, mientras cosía apurada los rótulos con el nombre en las prendas de mi hijo y terminaba de empacar sus cosas, esta vecina apareció en la puerta de mosquitero de mi casa y me pidió que le abriera. Al principio dudé, no tenía mucho tiempo y, francamente, no tenía ganas de que me llamaran la atención otra vez.

Sin embargo, me sorprendió cuando me dijo: “No será más de un minuto, sólo quiero darle un beso”.

Me explicó que acababa de regresar de la iglesia y quería pedirnos que no nos mudáramos. “Nos estamos poniendo viejos y nuestras costumbres se han hecho rutinarias”, me dijo. “Pero queremos mucho a su familia”.

Ese momento fue el comienzo de una maravillosa amistad que fue creciendo con los años. También me enseñó una lección que nunca voy a olvidar sobre cómo lograr la paz y unidad, porque el cambio en esta relación no empezó con mi vecina. Empezó conmigo, con mi deseo de ser generosa y mi disposición de mudarme a fin de que hubiera armonía. Yo había aprendido que la voluntad de Dios es siempre buena, que bendice a todos y que puedo aceptar esta voluntad como la mía propia. No necesitaba aferrarme a la casa o a mi opinión de cómo debían hacerse las cosas. Y si bien yo no sé lo que mi vecina había estado haciendo en la iglesia aquella mañana, es obvio que también se estaba acercando a Dios. Eso nos permitió a las dos escuchar lo que necesitábamos escuchar, y como resultado hubo una solución pacífica.

Para mí, este tipo de alineamiento con el Divino es la clave para la unidad. Y para ello es fundamental estar dispuesto a hacer la voluntad de Dios, en lugar de la propia. Jesús era tal vez el ejemplo más grande de esto. Él siempre buscó conocer y hacer la voluntad de su Padre. En ese conmovedor momento en el jardín de Getsemaní, antes de ser traicionado y crucificado, exclamó: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”.4

Al comentar sobre esto en Ciencia y Salud, Mary Baker Eddy escribió: “Cuando el elemento humano en él luchaba con el divino, nuestro gran Maestro dijo: ‘¡No se haga mi voluntad, sino la Tuya!’—a saber: No sea la carne, sino el Espíritu, lo que esté representado en mí”.5

El elemento principal de desunion es el concepto material o carnal de la vida. Es no reconocer al único Dios, a quien la Biblia llama Espíritu. La oración que se hace para que el único Espíritu, o Dios, esté representado en nosotros, es respondida mediante ideas que traen bendiciones universales.

Cada uno de nosotros tiene la oportunidad a cada hora de ayudar a traer una pacífica unidad a nuestro mundo. Esto muchas veces requiere dejar de lado las opiniones meramente personales y escuchar con humildad la dirección de Dios. La única Autoridad suprema nos da a todos las ideas que necesitamos para coexistir en paz, por más diversos que seamos. Es Dios quien unifica nuestros propósitos y medios para llevarlos a cabo, y nos muestra que, sí, que el leopardo puede reposar “con el cabrito”.

Fue muy interesante para mí que fuera un niño quien guiara a los animales que se mencionan en esa profecía de paz de Isaías. Ese pensamiento inocente, como el de un niño, que depende de la guía de nuestro Padre-Madre, nos une entre sí y con todo lo que es bueno. Puesto que el hecho científico es que hay un solo Dios, tenemos la gloriosa oportunidad de ser parte del cumplimiento de todas las profecías de unidad y paz en la tierra.

1 Isaías 11:6. 2 Ciencia y Salud, pág. 517. 3 ibíd, pág. 515. 4 Lucas 22:42. 5 Ciencia y Salud, pág. 33.

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